"Ustedes tienen la mística del nosotros... Luchen por la dignidad de los trabajadores, pero háganlo con ternura." - Papa Francisco.
Por Blas Flecha
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| Foto tomada por Pablo Leguizamon (2008) |
Una llama
que no se apaga
Hoy, con la partida del Papa Francisco, América Latina y el mundo entero despiden a un pastor que se atrevió a soñar, y más aún, alentar a la organización de la esperanza de los pobres. Su figura no se apaga: su huella persiste en cada lucha colectiva, en cada plato compartido en una olla popular, en cada semilla sembrada en tierra recuperada, en cada trabajador excluido que levanta la cabeza y se sabe digno.
Hay una rabia profunda que atraviesa nuestros pueblos. La rabia de las madres que madrugan para vender chipas en los colectivos, de los jóvenes que se dejan el cuerpo en los deliverys, de las familias que resisten en los márgenes, soñando convertir la tierra en hogar. Francisco no solo reconoció esa rabia: supo que era sagrada. Entendió que esa energía, cuando se organiza, puede dejar de ser solo dolor para transformarse en ternura colectiva.
Esa es la herencia más potente que nos deja: la certeza de que otro mundo no solo es necesario, sino que puede empezar desde abajo, desde el amor que lucha.
De Villa Devoto al Vaticano: la opción por los pobres
como camino
La historia de Jorge Mario Bergoglio empezó en el barrio de Flores, en una Buenos Aires atravesada por las crisis, la inmigración, las culturas populares. No fue en los grandes libros teológicos donde descubrió su opción preferencial por los pobres: fue en las calles, en las villas, en el roce cotidiano con quienes el sistema descarta.
Durante la oscura noche de la dictadura militar en Argentina, su acompañamiento silencioso a perseguidos y su cercanía con las comunidades más olvidadas fueron el terreno donde germinó su comprensión más profunda: los pobres no son una carga ni un objeto de compasión, sino los verdaderos protagonistas de la historia.
"El pobre con su solidaridad es profeta. Con su testimonio de vida, con sus valores, con su lucha, es profeta para la sociedad."
Esa visión lo acompañó hasta el Vaticano y marcó cada uno de sus gestos y palabras. No fue un Papa de palacios: fue el Papa de los pies en el barro, de zapatos humildes, de las periferias, de las pequeñas resistencias cotidianas que anuncian que otro mundo es posible.
Una crítica al sistema que
mata
En tiempos donde la política parece cada vez más lejana, donde los discursos hablan de inversiones extranjeras, macroeconomía o competitividad, Francisco nos recuerda lo esencial: "Queremos una economía que sirva a las personas, y no personas al servicio de la economía."
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| GETTY IMAGES |
Pero su mirada no se limitó a la denuncia: también abrió caminos. Invitó a pensar y construir una economía basada en la dignidad, en la solidaridad, en la autogestión. Una economía popular donde los pobres no sean meros sobrevivientes, sino arquitectos de un mundo más justo.
"Ustedes son sembradores de cambio, promotores de un proceso en el que confluyen millones de pequeñas y grandes acciones encadenadas con creatividad, con esperanza."
Tierra,
techo y trabajo: las tres T que incomodaron al poder
Desde el primer encuentro mundial de movimientos populares, Francisco puso en el centro tres demandas elementales que los poderosos prefieren ignorar: Tierra, Techo y Trabajo.
Tierra, para que los campesinos no sean expulsados por los agronegocios ni las multinacionales; techo, para que cada familia tenga un hogar digno y no dependa de los caprichos del mercado inmobiliario; y trabajo, para que todos puedan ganarse la vida sin humillación ni explotación.
Esas tres demandas no son utopías, sino derechos básicos que el sistema nos roba todos los días. Por eso, Francisco dice que los movimientos populares son "poetas sociales": porque crean lo que el capitalismo considera imposible.
Estas consignas resonaron en cada rincón de América Latina y son ejemplo vivo en espacios como el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Brasil, la Federación Nacional Campesina (FNC) en Paraguay, la lucha de la Confederación de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa en Bolivia, las Guardias Indígenas del Cauca en Colombia, y las coordinadoras de ollas populares que, durante la pandemia, sostuvieron la vida en los asentamientos de Asunción y cientos de barrios olvidados.
Francisco no habló en abstracto: señaló a los verdaderos responsables de la exclusión, denunció un sistema que desecha a los seres humanos como residuos y mostró que la organización popular no es caridad: es construcción de poder desde abajo.
"No se puede confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. La distribución justa de los frutos de la tierra y del trabajo humano no es mera filantropía. Es una obligación moral."
La
economía popular como anticipo del futuro
Para Francisco, los movimientos populares no son una nota al pie de la economía, sino el germen de una alternativa real. Las cooperativas cartoneras que surgieron en Argentina tras la crisis del 2001, nucleadas hoy en organizaciones como el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), son un ejemplo de dignidad autogestionada: trabajadores que crean valor, que sostienen la vida urbana y que exigen ser reconocidos.
En Paraguay, redes de recicladores como las del Bañado Sur replican esa lucha. Aunque aún invisibilizados y precarizados, demuestran que la organización colectiva es opción donde el mercado solo ofrece abandono.
Francisco vio en estas experiencias un anticipo de un nuevo modelo económico, basado en la solidaridad, la cooperación, la sostenibilidad y la dignidad humana.
Visita del Papa Francisco en el Bañado Sur, 2015. Foto: Salesianos del Paraguay
"La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia"
La ternura organizada como fuerza revolucionaria
Quizás la propuesta más audaz del Papa Francisco fue creer en la ternura organizada como fuerza transformadora. No la ternura de la nostalgia o la debilidad, sino la ternura que surge de los pueblos que luchan y se cuidan entre sí.
"Los pobres son los verdaderos protagonistas del cambio. No se dejen robar la esperanza."
Esta ternura organizada se concreta en las ollas populares, en las cooperativas, en las redes de cuidado mutuo. No es un acto de beneficencia: es política en su forma más humana. Es la revolución silenciosa de quienes, aun en la precariedad, se niegan a dejar de amar y de luchar.
Un llamado a seguir andando
La partida del Papa Francisco no cierra una etapa: abre una responsabilidad. Su legado no es un monumento para contemplar, sino un desafío para asumir. Nos deja un mapa de ternura, de resistencia, de organización popular. Nos deja la convicción de que los pobres, los descartados, los últimos, son los verdaderos constructores del mundo nuevo que soñamos.
En cada comedor comunitario, en cada asamblea de barrio, en cada red de recicladores, en cada sindicato emergente de trabajadores precarizados, late el corazón de esa revolución que Francisco ayudó a alumbrar.
"La esperanza de los pueblos está en la organización colectiva, en la lucha solidaria, en la capacidad de soñar juntos."
En este tiempo donde el capitalismo global amenaza la vida con su lógica de descarte, los movimientos populares nos recuerdan —como nos enseñó Francisco— que otro mundo no solo es necesario: ya está naciendo.
El humanismo del Papa Francisco es el que pone en el centro a los últimos, no como objeto de caridad, sino como protagonistas de la historia. Su mensaje no es solo religioso, sino profundamente político: creer que los pobres no son descartables, sino la semilla de un mundo nuevo.


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